La leyenda de Oliver Kahn

Sólo alguien tan particular como Oliver Kahn podría definir el fútbol como una “mezcla de césped, sudor y metal”. No obstante, el que fuera portero de Alemania y del Bayern Munich no estaba ni mucho menos equivocado. Su fútbol fue siempre césped, sudor y metal.
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Kahn representa la figura del portero primigenio. Ese que va mucho antes del clásico (Gigi Buffon) y del contemporáneo (Manuel Neuer). Ese que se puso los guantes por primera vez con una irrespetuosa falta de respeto para con la posición que mejor le definiría. Ese que jamás tuvo miedo al suelo, a los golpes, a los goles o a los errores. Ese que, en definitiva, eligió ser portero porque ya lo era. En base a esta naturaleza, Oliver Kahn se convirtió en un fenómeno que logró traspasar los límites de su portería hasta inocularse en la mente y en la piel de los 9s rivales. Kahn asustaba de una manera que, en el futuro, cuando le recuerden los que no le vivieron, no se entenderá.

De hecho, ya no se le entiende. Su recuerdo no es de los que soportan bien el paso de los años. Ahora, cuando se echa la vista atrás y se trata de realizar un análisis pseudocientífico sobre sus condiciones, nos encontramos con un guardameta que, libra por libra, parece inferior a lo que fue. Y, en realidad, puede que fuera así. Pero como decía Aristóteles, “el todo es más que la suma de las partes”. Y en el caso de Kahn su todo supera, con creces, a sus partes. Él era un portero pequeño y pesado en apariencia, pero que volaba con mucha más facilidad de la que se le recuerda. Era ágil bajo palos, más en chuts lejanos que en distancias cortas. Y sobre todo era muy grande cuando el partido se convertía en un mero duelo individual entre el delantero y el portero. Kahn afrontaba este enfrentamiento con soberbia. Era agresivo, muy agresivo. “Hacia adelante, siempre hacia adelante”, como solía decir tras los partidos. Siempre buscaba quitarle tiempo y espacio al delantero. Y a buena fe que lo hacía. Cuando le encaraban, los atacantes se precipitaban. Tomaban malas decisiones. No actuaban como contra cualquier otro. Había que ser un “Fenómeno” para hacerlo.
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Este aspecto psicológico fue el que hizo tan grande, literal y metafóricamente, a Oliver Kahn durante toda su carrera. Desde el Karlsruher hasta el Bayern Munich, donde compitió en grandeza y competitividad al equipo dominante de la época, Oliver Kahn disfrutó convirtiéndose en un reto más emocional que técnico o intelectual para los rivales. Y aquí conviene pararse. A menudo, desde fuera, tendemos a infravalorar la percepción personal que tiene un futbolista de la realidad. Pero el fútbol no es lo que se percibe desde la grada o la televisión, sino lo que se juega en el campo. Lo que se ve y lo que se siente dentro. Eso es lo único que importa.

Esa es la realidad. Lo de fuera es lo distorsionado. Y tal como un futbolista podía sufrir en el emparejamiento con un par fuerte, contundente y agresivo por puro miedo a chocar, un atacante podía alterar por completo sus conductas ante un portero como él.